El camino a casa se me hizo eterno, más por el silencio que
inundaba el coche que por la incertidumbre de lo que me esperaría al llegar a
casa. Mi madre conducía firmemente el enorme coche -aunque según mi punto de
vista podría pasar por un tanque- sin despegar la mirada de la carretera, sus
manos sujetaban con fuerza el volante entretanto, su boca, repleta de elegante
carmín granate, se fruncía. Espero que el pintalabios no esté manchando por fuera
de su boca, eso sí que sería una desgracia.
Mi madre aparcó el coche enfrente de nuestra casa y yo bajé
pitando. Yo caminaba delante seguida por mi madre, quien intentaba seguir
inútilmente mi ritmo. ¿No le había dicho el médico que no usara tacones?
En cuanto entramos a la casa, la primera orden salió de su
boca.
-Dirígete a salón, ya.
Una vez allí me senté en la acolchada silla de felpa. Desde
que era un bebé había sido mía, no literalmente, pero era de esos objetos que
forman parte de tu vida casi tanto como cualquier familiar, los empiezas a usar
como rutina, hasta tal punto que luego te sientes vacío sin ellos; hay niños
que sienten cariño de este tipo hacia un peluche, yo reflejé mi cariño en una
silla. La toqué con los dedos, había perdido suavidad con el paso de los años,
pero al mismo tiempo, el tacto y la sensación era la misma.
Mi madre entró, erguida, en la habitación. Se había cambiado
sus valiosos zapatos de tacón por unas horteras pantuflas, sin embargo el
porte, no cambiaba.
-¿Qué hacías en ese bar?- Preguntó a bocajarro.
“Esa es mi madre, igual de directa que su hija”- Dijo me
subconsciente divertido.
-Nada. Estaba sentada en la puerta con mis amigos.- Me
encogí de hombros dando por terminada la conversación.
-Siéntate ahora mismo, señorita.- La advertencia era clara
en su voz, así que sin rechistar le hice caso.- Cuéntame ahora mismo qué hacías
en ese bar, no me hagas repetírtelo.
Callé.
-Contéstame.- Demandó.
-Trabajar.- Contesté con un hilillo de voz.
La cara de mi madre fue épica: Boca desencajada, ojos
abiertos de par en par… temí seriamente que se escapara alguna lentilla de sus
ojos.
-¿Trabajas en la calle?- Consiguió articular.- ¿Vendes tu
cuerpo?
La cara épica pasó del rostro de mi madre al mío.
-Mamá, -Dije lentamente para que me entendiera, como si
estuviera hablando con un niño pequeño.- Trabajo de camarera. Ca-Ma-Re-Ra. El
sitio dónde estaba sentada es el bar de Bob, aún no había abierto, así que lo
estábamos esperando. El local no es muy bonito, pero la verdad es que me
encanta trabajar ahí, la gente es estupenda; somos como una familia. Hace poco
conocí a Arthur, es nuevo, y gay. No veas qué risa cuando se lo dije a una de
las cocineras porque…
-¡Adam!- El grito de mi madre llamando a mi padre llegó a Cancún.
Al cabo de unos segundos, un hombre alto y delgado entró en
la habitación. Las gafas, colocadas en la punta de su nariz me indicaron que
estaba trabajando. Y mi padre odia que lo interrumpan cuando trabaja.
-¿Qué pasó, Stephanie? ¿A qué vienes esos gritos?
-Siéntate, haz el favor. No te vas a creer lo que me ha
dicho Bridget.
Papá me miró y con un suspiro instó a mi histérica madre a
que continuara hablando.
-… Y no sólo eso, sino que debe llevar trabajando…¿Cuánto?
¿Cinco meses? Y dice que son una familia. Algo así como la casa de la pradera.
No entiendo por qué lo hace, Adam. Tenemos dinero y aún así la niña se pone a
trabajar. Aún es muy joven.
Durante el discurso de mi madre me limité a observar los
cordones de mis converse como si fueran la cosa más extraordinaria que he visto
jamás.
-Bridget.- Habló ahora mi padre.- ¿Por qué lo haces? Y
quiero la verdad.
Miré a los profundos ojos azules de mi padre.
-Bi.- Dije simplemente.
-¿Cómo has dicho?- Cuestionaron mis padres.
-Os llevo diciendo desde los 8 años que no me gusta nada que
me llamen Bridget. Que quiero que me llaméis Bi. Pues bien, en el sitio al que
trabajo desde hace casi dos años, solo se lo tuve que repetir una vez. Ahí
tienes la verdad, ellos se preocupan de cómo me siento, de si necesito ayuda…
se interesan por mí. –Las palabras se escurrían por mi garganta sin que yo pudiera
hacer nada para evitarlo.- En cambio, llego a casa y lo que encuentro es, a una
señora y a un señor que no tienen el tiempo ni para aprenderse el nombre de su
hija.
Después de mi divino monólogo, me levanté sin permiso y me
dirigí a dónde debería estar: Al bar de Bob.
-¿Le soltaste todo eso?- Arthur me miró escandalizado,
haciéndome dudar de si hice lo correcto o no.- ¿Estás loca?
-Ni caso. –Ness le quitó importancia con la mano.
Lee le dio la razón.
-A mí me parece que estuviste estupenda.- Dijo dedicándome
una sonrisa y pasándome la nota de la mesa tres.
-No lo sé. Creo que fui un poco cruel. Al fin y al cabo son mis padres- La conciencia
empezó a aparecer y mi estado de “Bi, la revolucionaria” poco a poco se iba
desvaneciendo. Bob, que había estado callado todo el tiempo, intervino en la
conversación.
-A veces, los padres estamos equivocados. Eso no significa
que no queramos a nuestros hijos pero necesitamos darnos cuenta de que estamos
haciendo algo mal, y el modo de darnos cuenta de nuestros fallos es que los
niños expongan sus pensamientos e ideas.
Todos le dieron la razón. Quizá la tenga.
(¡Huolas! Bueno, este es el capítulo 22 de #LookAfterYou. No
subí capítulo antes básicamente porque no me apetecía, es decir, nadie da
señales de vida, no sé si hay alguien que me lee o nadie lo hace. Así que, el
rollo de subir me lo tomo con calma. Espero que os haya gustado este capítulo.
Yo, personalmente, disfruté mucho escribiéndolo. ¿Qué pensáis que pasará con
los padres de Bi? ¿Y qué será de Luke? ¿Y de la propia Bi? ¿Le obligarán sus
padres a dejar el bar de Bob? En fin, muchos besos, gracias por leer y hasta la
próxima, mis pequeños lectores. Ana <3 )